Donde el folclore se viste y se baila
- Moda Stereo
- 21 jun 2025
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La Feria de Mataderos cumplió años y el festejo se completó con músicos, feriantes y cocineros. Las calles se llenaron de música y comida típica de nuestro país, y lo que más se lucieron fueron las vestimentas tradicionales folclóricas que paseaban los bailarines y los vecinos que disfrutaban.
En la entrada, un gaucho tocaba un punteo en la guitarra, que daba la bienvenida a recorrer las calles de la feria. En su imagen resaltaba su boina, que se sacó para saludar al público al final de la función. Aunque es un elemento que llegó a la Argentina por la inmigración europea, de Francia y el País Vasco, su significado fue modificándose con el tiempo hasta convertirse en parte de la cultura local, sobre todo de la región pampeana y patagónica. El gaucho continuó haciendo sonar las cuerdas de su guitarra a lo lejos.
Pasando algunos puestos de comida, cuero y abrigos, un gran espacio vacío entre las avenidas invitaba a la gente a bailar su música preferida. En el escenario que se encontraba justo enfrente subían grupos de músicos y solistas que cautivaban al público con sus zambas y chacareras, guitarras y bombos legüeros.
Matías La Torre, artista de Balcarce, se subió al escenario de la feria de Mataderos por primera vez en su vida. Se llenó de orgullo de poder cantar en el mismo lugar donde han estado grandes artistas como Abel Pintos y El Chaqueño Palavecino. Comenzó a tocar sus zambas y el público lo acompañó en el canto.
En el centro de la feria se empezó a armar una fiesta. Las personas que hace unos minutos estaban comiendo y paseando por los puestos, se encontraban ahora moviendo sus zapatos y sus polleras al ritmo de las zambas lentas de Matías.
Largas y sueltas, se ampliaban con cada giro y marcaban los pasos de las bailarinas. El movimiento de la tela acompañaba el ritmo y embellecía el baile, algunas decoradas con guardas, encajes y bordados, con símbolos y colores regionales. Con el uso de polleras, las mujeres no solo interpretan la danza, sino también un personaje. Una madre, una enamorada, la mujer del campo. Incluso aquellas que no bailaban, llevaban puesta su pollera dignamente.
Pero no eran lo único que danzaba en la zamba. Los pañuelos sobresalían por encima de las cabezas, bailando al compás de las canciones. Desde la época colonial, donde el contacto físico entre los bailarines estaba prohibido, el pañuelo les permitió mostrar el deseo, la distancia, el acercamiento y un diálogo amoroso entre ellos. Deja expuesto en el baile una comunicación emocional entre los bailarines. Se lo gira por encima de la cabeza, en círculos, zigzags o hacia el otro, siendo el único elemento que, a diferencia de los otros, no se lleva en el cuerpo (solo cuando está atado en el cuello), sino que se utiliza como un elemento más del baile.
Después del show siguió sonando una chacarera. Nuevamente, agarraron a sus parejas y llenaron el lugar de baile. Las bombachas de campo en los hombres, y algunas mujeres, ocupaban el espacio y se movían con las guitarras. Eran anchas, con pliegues en las piernas para desplazarse con más libertad en el baile y el zapateo. Nacieron en el campo, como una prenda práctica para el trabajo y la vida rural. Pero hoy son un símbolo distintivo del gaucho argentino, no como personaje histórico, sino como un ícono cultural vigente.
El pantalón se combinaba con fajas de tela y cinturones anchos de cuero, que no solo sujetaba la cintura, también adornaban al bailarín, representando fuerza y tradición.
Entre zapateos y zarandeos, las botas de cuero y los zapatos criollos marcaban el ritmo con sus suelas duras de cuero, acompañando el sonido de los bombos en los pasos. Y en silencio, los sombreros de ala ancha tapaban la cabeza de los gauchos. Algunos más altos, y con copa redonda, otros planos y de ala recta, de fieltro, cuero y lana, agregaban sobriedad a las vestimentas.
La gente siguió bailando, y mucha otra se acercó a los puestos que seguían al costado de toda la calle. Todos vendían elementos tradicionales argentinos, pero más de la mitad se dedicaban exclusivamente al tejido y venta de ponchos. De lana de oveja, llama o vicuña, livianos o gruesos y abrigados, cerrados o ruanas abiertas, cruzadas al cuerpo. Había colores claros con diseños más sobrios y otros más intensos con franjas de colores.
Cada uno representa una región del país pero todos generan una identidad colectiva argentina. Es una prenda histórica, usada por los pueblos originarios y luego implementada como parte esencial de la vestimenta del gaucho. Ya no es solo un abrigo suelto, que permite moverse, sino también un símbolo de identidad regional, política y cultural.
Rato después, mientras la música sonaba en el escenario, un grupo de gente empezó a hacer payadas a un costado. Cantaban con su guitarra, improvisando letras con el público. Vestían trajes coloniales, galeras altas, chiripás, pañuelos, camisas y botas de caña alta. Parecían sacados de otra época. Incluso su actitud indicaba sobriedad y un aire histórico.
En contraste, bailando el gato justo al lado, un gaucho queer destacaba con su propia versión del vestuario folclórico. Cortes ajustados, con pantalones violetas, una chaqueta corta con lentejuelas de colores a los costados y un cinturón con la palabra “gauche”. El maquillaje fuerte y el pañuelo con la bandera de la comunidad completaban el look. El pasado, el presente y el futuro del folclore estaban en la peña. Reinterpretaciones y trajes tradicionales, todos llevando la herencia viva del folclore, que se mueve, se adapta, y sigue bailando.



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